Presentación
Tras presenciar la humanidad la Primera Guerra Mundial y enfrentarse a sus terribles consecuencias, se creía que jamás volvería a permitirse una guerra semejante. La clase dominante burguesa, que engañaba a las masas proclamando «hemos aprendido las lecciones de la historia», apenas dos décadas después volvió a arrastrar a la humanidad al borde de una devastación aún más terrible. En su novela La caída de París, Iliá Ehrenburg refleja así la idea que predominaba en la sociedad cuando comenzaba la Segunda Guerra Mundial:
«Era como si entre las dos guerras hubiese pasado apenas un día. Tras la primera, se creyó que todos los hombres habían ganado en cordura. Se confiaba en que, en adelante, se escarmentaría a los culpables de la guerra. Unos confiaban en Wilson; otros depositaban toda su fe y su esperanza en Lenin. Si entonces les hubiesen dicho que, veinte años después, el flagelo de la guerra volvería a estar servido, ¡habrían actuado de muy distinta manera!»
La Revolución de Octubre de 1917, esperanza para los pueblos del mundo, influyó especialmente en la clase obrera de los países occidentales, mientras rebeliones y revoluciones se extendían por Europa. Sin embargo, por desgracia, aunque abrió el camino a grandes transformaciones históricas, como el derrumbe de los imperios, no culminó con la toma del poder por la clase obrera en los países europeos fuera de Rusia. Aquel período –en el que la clase obrera no logró conquistar el poder, pero la burguesía tampoco fue capaz de someter a las masas ni de restablecer el orden mediante sus métodos habituales, y en el que se sucedían las crisis económicas, sociales y políticas– desembocó en el fascismo. Se instauraron regímenes fascistas en Italia, Alemania, España y Portugal, y poco después la humanidad fue arrastrada una vez más a la guerra y la devastación. El imperialismo alemán, armado hasta los dientes bajo el régimen fascista y convertido en una formidable potencia económica y militar, tras sumar a Italia y Japón a sus filas, aspiraba a vengar su derrota en la Primera Guerra Mundial, aplastar a Europa y a la URSS, frenar el avance de Estados Unidos e imponer su dominio absoluto sobre el mundo.
Finalmente, en una Segunda Guerra Mundial en la que incluso se emplearon temerariamente bombas atómicas sobre Hiroshima y Nagasaki, fueron masacrados entre 21 y 25 millones de soldados y entre 50 y 55 millones de civiles. Tanto dolor, tantas pérdidas, no le importaban en lo más mínimo a la burguesía. Como resultado de esta segunda guerra imperialista, que provocó una destrucción y una crueldad sin precedentes en la historia de la humanidad, la crisis de hegemonía quedó resuelta y se determinó qué potencia dominaría el mundo capitalista imperialista. Estados Unidos, que había demostrado ser la potencia hegemónica del sistema gracias a su avanzada industria, su capacidad productiva, su poder financiero y sus armas nucleares, se convirtió en el artífice indiscutible del orden. Mediante el apoyo financiero a la reconstrucción de una Europa reducida a escombros por la guerra y valiéndose de su condición de potencia nuclear disuasoria frente a la Unión Soviética y al “peligro comunista”, Estados Unidos logró someter al mundo capitalista a su propia hegemonía. Se estableció así un nuevo orden mundial bipolar: de un lado, los Estados imperialistas y capitalistas se alineaban tras Estados Unidos; del otro, los países supuestamente socialistas del Bloque del Este cerraban filas tras la URSS. Las continuas tensiones entre ambos polos serían conocidas como la “Guerra Fría”.
Tras la guerra, en octubre de 1945 se fundó la Organización de las Naciones Unidas (ONU) con el propósito de “preservar la paz y la seguridad internacionales y promover la cooperación económica, social y cultural.” Las clases dominantes capitalistas e imperialistas, propagando la mentira de que gracias a esta organización burguesa comenzaría una era de paz perpetua, empezaron una vez más a engañar a las masas trabajadoras. Sin embargo, aunque la Segunda Guerra Mundial apenas había terminado, en medio de la propaganda de una paz perpetua, el imperialismo estadounidense se lanzó, de Corea a Vietnam, a nuevas guerras, masacres y golpes militares.
La mentira de la “paz perpetua” volvió a extenderse por toda la sociedad con el colapso de la URSS. ¡Los ideólogos burgueses afirmaban que comenzaba ya una era de paz perpetua y prosperidad! Sin embargo, con el colapso de la URSS desaparecieron los equilibrios políticos y las alianzas existentes en el mundo, y se abrieron las puertas de un nuevo período. Las guerras libradas durante la década de 1990 en numerosas regiones, desde el Cáucaso hasta los Balcanes y desde Oriente Medio hasta África, constituyeron la fase preparatoria de una nueva guerra mundial imperialista. Los atentados del 11 de septiembre de 2001 contra las Torres Gemelas de Nueva York indicaban que había concluido la fase preparatoria de la Tercera Guerra Mundial. En efecto, el imperialismo estadounidense utilizó estos atentados como pretexto para invadir Afganistán en octubre de 2001 e Irak en marzo de 2003. Así, tras una fase preparatoria de diez años, cuando sus rivales aún no eran lo suficientemente fuertes, el imperialismo estadounidense encendió la mecha de la Tercera Guerra Mundial –a la que denominó “guerra interminable” – con el propósito de controlar los yacimientos energéticos, las rutas comerciales y los mercados, y consolidar su hegemonía tambaleante.
El viraje del año 2000 constituye, en esencia, un hito en múltiples planos. En primer lugar: ¡el capitalismo alcanza sus límites históricos, se empantana y entra en una crisis histórica de carácter sistémico! En segundo lugar: ¡la crisis de hegemonía se profundiza y comienza, bajo modalidades que le son propias, la Tercera Guerra Mundial, expresión de dicha crisis! En tercer lugar: ¡las rebeliones populares que estallan una tras otra en numerosos países del mundo, principalmente en América Latina, y se enlazan como eslabones de una cadena; el surgimiento de situaciones revolucionarias y, con ello, la agudización de la lucha de clases!
La guerra iniciada por Estados Unidos con el propósito de superar la crisis de hegemonía en un período en que el capitalismo había alcanzado sus límites históricos era, por su propia naturaleza, una guerra imperialista y no podía quedar confinada al ámbito regional. En efecto, el frente de guerra abierto en Afganistán e Irak se extendió a Siria y Libia, alcanzó Europa del Este y envolvió a Ucrania, y continuó expandiéndose en ondas concéntricas. En las condiciones actuales, Oriente Medio ocupa una posición central en esta guerra. Sin duda, las potencias imperialistas aún no se han enfrentado directamente entre sí; sin embargo, son los sujetos de esta Tercera Guerra Mundial, que se libra bajo distintas formas. La Tercera Guerra Mundial no se limita a los frentes donde hablan los tanques y los misiles. Las sanciones económicas, las guerras comerciales, las restricciones tecnológicas, los golpes de Estado y las guerras civiles son otras formas de esta guerra. Por tanto, lo que hoy afecta profundamente a la humanidad y a la economía mundial, lo que configura la política internacional desde las profundidades de África hasta América Latina y desde el Cáucaso hasta Asia-Pacífico, y lo que arrastra a innumerables Estados –ante todo a las potencias imperialistas– a conflictos y tensiones directos o indirectos, no es sino la crisis de la hegemonía imperialista y la guerra provocada por ella. Esta crisis y esta guerra imperialista son también las que crean las condiciones para que el Estado sionista de Israel, cuya sevicia no conoce límites, pueda perpetrar un genocidio en Palestina con el apoyo de Estados Unidos y Occidente.
Los acontecimientos actuales que arrastran al mundo entero al caos solo pueden explicarse por la existencia de la Tercera Guerra Mundial. Sin embargo, la forma que ha adoptado la actual guerra mundial durante los últimos veinte años resulta engañosa e impide llamar al fenómeno por su nombre. Presas de un callejón sin salida histórico y de terribles contradicciones en su seno, los políticos e ideólogos burgueses son incapaces de explicar cómo el capitalismo arrastra a la humanidad hacia el abismo. Para los marxistas, en cambio, la cuestión debe abordarse sin reducirla a las formas, comprendiendo que las formas de la guerra también cambian conforme cambian las condiciones. Los marxistas saben muy bien que la forma de manifestación de las cosas no coincide directamente con su esencia. Como señaló Marx, si la forma de manifestación de las cosas coincidiera directamente con su esencia, toda ciencia sería superflua. Es bien sabido que la mente humana es muy propensa a crear esquemas o patrones. Al crear tales esquemas o patrones, piensa con mayor rapidez y comprende más rápidamente, a partir de ellos, lo que sucede a su alrededor. Sin embargo, esas mismas formas pueden también aprisionar la mente humana, impedirle pensar con mayor libertad y obstaculizar una evaluación objetiva de lo que sucede ante sus propios ojos. Acostumbrada a formas establecidas, la mente humana, cuando se enfrenta a una situación nueva, busca de inmediato e inevitablemente las formas a las que está habituada y que tiene memorizadas, y las toma como referencia. Así, quienes observan la Primera y la Segunda Guerra Mundial y las formas que adoptaron se resisten a definir la guerra actual como una Tercera Guerra Mundial porque esta no adopta exactamente las mismas formas. Pero ¿es acaso necesario, para poder formular esta definición, que las potencias imperialistas se enfrenten directa y simultáneamente? ¿Acaso existe alguna necesidad de que las guerras adopten las mismas formas en todas las épocas y en todas las circunstancias?
En la historia de las sociedades de clases, con el desarrollo de las fuerzas productivas y de la tecnología, también han cambiado las formas, los métodos y la intensidad de la guerra. Por ejemplo, el desenlace de la célebre batalla de Qadesh, librada entre Egipto y los hititas, las dos superpotencias del mundo antiguo, estuvo determinado por los carros de guerra tirados por caballos. Con la entrada en escena de estos carros cambiaron la velocidad y la intensidad de las guerras; quienes disponían de ellos, los modificaban y los utilizaban con mayor eficacia obtenían la superioridad. Sin embargo, pese a los cambios en los medios empleados, desde aquella época hasta mediados del siglo XIX la guerra siguió siendo, en esencia, una gigantesca batalla campal. A partir de la segunda mitad del siglo XIX, el rápido desarrollo de los ferrocarriles, la invención del telégrafo y la revolución experimentada en las comunicaciones y el transporte, junto con la fabricación de buques de guerra a vapor, ametralladoras y piezas de artillería ligera, provocaron un gran cambio en la velocidad, la intensidad y las formas de la guerra. Junto a estos medios, utilizados ya en numerosas guerras, se hacía evidente que la tecnología militar, que se desarrollaba a un ritmo acelerado y daba paso al empleo de vehículos motorizados, cambiaría aún más las formas de la guerra y aumentaría su intensidad y capacidad destructiva. Sin embargo, todo ello todavía no permitía hacerse una idea cabal de cómo podría ser una guerra mundial. Aunque se libraron numerosas guerras, entre ellas la guerra franco-prusiana de 1870, ninguna era capaz de determinar el rumbo de la economía mundial, la política mundial y el destino de los pueblos del mundo. Para que una guerra mundial fuese posible, el capitalismo tenía que alcanzar su fase imperialista. Antes de 1914, el mundo ya había sido repartido territorialmente entre las grandes potencias, principalmente Gran Bretaña y Francia. Con el ascenso del capitalismo a su fase imperialista, la guerra iniciada por el estallido de las contradicciones que se agudizaban en el seno del sistema dejó inevitablemente de ser regional y adquirió una dimensión mundial.
La Primera Guerra Mundial imperialista fue, en gran medida, una guerra de trincheras, en la que, por ejemplo, para avanzar apenas unos cientos de metros tenían que morir miles de personas. Los tanques y los aviones, introducidos hacia el final de la guerra, se desarrollaron a una velocidad vertiginosa en los años siguientes y determinaron de manera decisiva la forma y el curso de la guerra. Sería correcto definir la Segunda Guerra Mundial como una guerra de tanques, aviones de combate y armas nucleares, aunque estas últimas solo fueran utilizadas por Estados Unidos. En efecto, basta con observar que en la primera guerra murieron 18 millones de personas y en la segunda 70 millones, y que especialmente en esta última ciudades enteras fueron arrasadas, para comprender el impacto de las máquinas de guerra, que cambiaban y se desarrollaban constantemente. Ambas guerras afectaron profundamente a la política mundial, a la economía mundial y al destino de los pueblos del mundo. Estados Unidos salió de la Segunda Guerra Mundial como la potencia hegemónica indiscutible del mundo capitalista y estableció su dominio sobre el sistema.
Al igual que las dos guerras anteriores, la guerra actual también se libra en el escenario mundial, abarca una vasta geografía y determina el rumbo del mundo, la economía mundial y el destino de los pueblos. Para nosotros, son estos aspectos los que hacen de la guerra actual una Tercera Guerra Mundial imperialista. Por eso, no es correcto razonar a partir del hecho de que las potencias imperialistas aún no se hayan enfrentado directamente, como en la Primera y la Segunda Guerra Mundial, y negarse por ello a llamar por su nombre a la guerra actual. Además, todo el mundo reconoce que, en realidad, quienes combaten en Ucrania son el bloque estadounidense-inglés y Rusia. El bloque occidental suministró a Ucrania misiles de largo alcance para atacar el interior de Rusia; después de que el ejército ucraniano utilizara estas armas el 19 de noviembre, la respuesta rusa con misiles hipersónicos de nueva generación fue un nuevo indicio de quiénes libran realmente esta guerra. También resulta suficientemente significativo que el presidente ruso, Vladímir Putin, declarara al respecto: “El conflicto regional en Ucrania, provocado anteriormente por Occidente, ha adquirido elementos de carácter global.”
Mientras se producían estos acontecimientos en el frente ucraniano de la Tercera Guerra Mundial, grupos yihadistas respaldados por Estados Unidos, Israel y Turquía iniciaron el 27 de noviembre una operación contra el régimen de Asad en Siria. El régimen baazista, con 61 años de existencia, cayó de forma totalmente inesperada en apenas diez días. Sin duda, con la caída del régimen de Asad se debilitó la posición en Oriente Medio de países como Rusia, China e Irán. Sin embargo, este cuadro no significa que el bloque estadounidense-inglés-israelí pueda llevar fácilmente a la práctica sus planes y establecer en la región un orden estable conforme a sus propios intereses. El destino de Oriente Medio, así como el de los países y las fuerzas de esta región, se configurará fundamentalmente en función de los resultados de la Tercera Guerra Mundial. Mientras el imperialismo estadounidense intenta, por un lado, establecer en Oriente Medio un equilibrio a su favor, por otro se prepara para una gran guerra contra China en Asia-Pacífico.
El 8 de diciembre, el día de la caída de Asad, el periódico oficial del Estado chino, Global Times, señalaba que Estados Unidos se preparaba a toda marcha para una guerra y afirmaba lo siguiente:
“Algunos políticos estadounidenses reclaman abiertamente aumentar la producción de municiones y establecer líneas de producción continua para prepararse para una «guerra a gran escala» con China. Este enfoque se asemeja a una fábrica construida para la guerra, cuyo único propósito es producir destrucción y muerte. La base industrial de Estados Unidos está quedando cada vez más sometida a la lógica de la guerra, convirtiéndose así en un motor de las tensiones globales. Algunos políticos estadounidenses están jugando a un juego peligroso. Parecen creer que los preparativos militares y la movilización industrial les darán ventaja en su confrontación con China. Pero esta forma de pensar constituye un error de cálculo fatal: una guerra a gran escala entre grandes potencias significa destrucción mutua. Tales aprestos bélicos no constituyen en absoluto un plan estratégico, sino una forma de autodestrucción estratégica. Es como jugar con cerillas junto a un barril de pólvora: pueden creer que son capaces de controlar las llamas, pero, una vez iniciada la reacción en cadena, el resultado será desastroso.”[1]
Estados Unidos y China se preparan para un gran ajuste de cuentas, y no es necesario esperar a que ambas potencias se enfrenten directamente para utilizar el concepto de Tercera Guerra Mundial. Es evidente que una posible guerra en Asia-Pacífico no significaría el comienzo de la Tercera Guerra Mundial, sino que determinaría de manera definitiva los resultados de esta guerra, que ya está en curso.
El cuadro expuesto muestra que, mientras las dinámicas que operan en el seno del orden capitalista empujan cada día más a las potencias imperialistas hacia un enfrentamiento directo, aumenta también cada vez más el riesgo de que se utilicen armas nucleares. Por supuesto, una guerra nuclear no es una opción deseable; sin embargo, las contradicciones y las presiones creadas por el orden del capital determinan el mundo mental de las clases dominantes, y aquello que parece más inconcebible puede llegar a parecer perfectamente racional llegado el momento. Desde este punto de vista, confiar en que los círculos dominantes imperialistas no utilizarán estas armas debido a su poder destructivo sería un infantilismo. Es más, bajo el nombre de “armas nucleares tácticas”, desde hace mucho tiempo se llevan a cabo preparativos para utilizar armas nucleares reduciendo su potencia y su radio de alcance. Este cuadro pone de manifiesto la gravedad del dilema “socialismo o extinción” al que se enfrenta la humanidad. Salta a la vista que bajo el capitalismo las guerras no llegarán a su fin y que la solución pasa por la lucha por un mundo socialista.
